Ruta por Suiza en Harley-Davidson: solo para tu ojos

Comentar Publicado el miércoles 27 de mayo de 2015
Ruta por Suiza en Harley-Davidson: solo para tu ojos

Pues sí, qué queréis que os diga. Lo de tirarse cinco días viajando por Suiza de arriba a abajo en Harley de todo tipo y condición, es para verlo más que para que te lo cuenten, así que, si el tiempo –laboral, claro– te deja unos días libres y consigues desviar "al calcetín" mil euritos, coge el mapa del pequeño país centroeuropeo y, escápate.

Contado como lo cuento, que fácil resulta "embarcaros" en un viaje de este tipo. Hombre, yo sé que eso de cruzar los Pirineos corta un poco más que nada por lo del idioma, por lo que se presume de caro Francia o Suiza pero, ¡quién dijo miedo! Más complejo puede resultar el "robar" esa semanita que ya teníamos adjudicada para ir a aquella reunión motociclista, a Jerez, Valencia o Montmeló, o para ir a la playa, la montaña o a esquiar. Lo de desviar los "mileuros", ahora es mucho más fácil ahorrar que nunca. Como no hay quien se meta en un piso, nada de letras; como lo de fumar está cada vez más crudo, tres euros al día por... 30 días, ya tenemos 90 euros ahorrados; como no nos dejan correr, ahorro de combustible. Lo ves, ya casi tienes esos "mileuros".

¡Ah!, ¿que te falta la moto? Pero yo contaba con que la tenías. Vamos a poner solución. Resulta que Harley-Davidson España ha puesto en marcha un servicio de renting de alquiler de sus motos, algo que ya se viene haciendo en otros muchos países desde hace tiempo. De momento en España, sólo dos tiendas, en la provincia de Alicante, ofrecen este servicio, pero pronto habrá muchas más. ¿Que no quieres desplazarte hasta Europa en moto? ¡Tranqui! Vas hasta donde quieras en tren, avión, coche o barco, que el Mediterráneo sigue siendo navegable, y en muchas ciudades europeas tendrás este servicio.

Todo empezó en Zurich

La verdad es que a nosotros nos lo pusieron en bandeja. A alguien –un "buen samaritano", sin duda– se le ocurrió la feliz idea de enredar la madeja con Harley-Davidson España, Turismo Suiza en nuestro país y el distribuidor Harley en Zurich. Los primeros nos "dieron el empujón", los del turismo suizo nos montaron en el avión de SWISS, y Felix Bächli, de Dietikón, a la afueras de Zurich, tenía a la puerta de su bien acondicionada tienda una decena de Harley a nuestra disposición.

Hacía bueno, bastante bueno, pero como en Suiza eso de la lluvia es una constante, enseguida me adjudiqué una Softail Classic, por aquello de su buen parabrisas delantero, asiento bajo y cómodo manillar. Hacía pocos días que me había dado un buen tute con naked 600 y 1000 y aquí tocaba relax. ¿No hemos quedado en que nos habíamos reservado unos días para holgar? La Softail me pareció un buen motivo para llevar la holganza hasta sus últimas consecuencias. Además, ya tendría tiempo de cambiar de moto con alguno de los colegas de travesía... siempre que no se adivinasen nubarrones en el horizonte, que para estas cosas soy muy mirado.

Nos acompañan dos guías suizos, Romi y Rolando, el primero un cachondo metal; Rolando, más en segundo plano. ¿Será por eso que era el que cerraba el grupo? Romi se baja de su Harley y se calza su chistera; se sube a la moto y se pone su casco "de bombero". ¿Pero no es Suiza un país serio? Leyendas.

Como esta pareja no sabe quién lleva detrás, por nada, porque no se lo han dicho, nos llevan hasta Lucerna por autopista. Hombre, está bien, pero para eso no hemos ido hasta Suiza, ¿no? Les insinuamos que queremos más acción y después de hacer una visita relámpago a Lucerna –a orillas del lago Cuatro Cantones– una ciudad en la que parece que el tiempo se ha detenido por sus bien conservadas construcciones de siglos pasados, Romi "el bombero" nos saca de la autopista y nos mete en el Brünigpass (o paso –puerto– de Brünig, como su nombre indica; ¡idiomas!) camino de Irterlaken. Esto ya es otra cosa. ¡Ajá!, al final empiezan a caer las primeras gotas, pero a los mandos de mi fiel Softail Classic "llueve menos". ¿Que me la cambias por cuál...? ¡Mañana hablamos!

Interlaken debe de estar allí, entre dos lagos (¡idiomas!) pero como si no estuviese. A Romi también le afecta la lluvia y tira derecho hasta nuestro lugar de residencia por dos días, Grindelwad, un pueblo de cuento: un empinado valle tras otro, casas desperdigadas por todos lados y, allí al fondo, los "tres tenores", las impresionantes moles del Jungfrau, Eiger y Mönch, tres "cuatro mil" famosos, sobre todo el Eiger, por su dureza de escalada. Un tren de cremallera nos sube hasta la estación "Jungfraujoch", 3.454 m, el lugar más alto que alcanza un medio de locomoción como este en Europa, los últimos quinientos metros escavados en la montaña. El sitio está bien explotado turísticamente y los trenes no cesan de subir y bajar. Desde allá arriba se divisa, si las nubes lo permiten, a un lado el valle de Grindelwald y al otro un grandísimo glaciar por el que vemos andar y deslizarse algunos esquiadores de fondo. Incluso podemos recorrer una galería de hielo tallada, y nunca mejor dicho, ubicada en la propia estación terminal.

Nuestro guía de a pie de "Turismo Suiza" en esta zona es una ducatista empedernida, y sobre su Ducati 851 nos ha recibido a la entrada de Grinderwald. Os recomiendo esto de recurrir a las oficinas de turismo, la de España para preparar el viaje, y las del país que visitéis para sacar provecho a todo lo que ofrecen. Es más, nuestra amiga convence a sus padres para que nos preparen una barbacoa en medio del bosque. Pero ojo, que han tenido que pedir un permiso especial para meter su coche hasta el refugio, porque los caminos, alfalfados o no, al menos en esta zona de Suiza, están prohibidos para los no residentes.

El día extra del Diluvio

Bajando, en el mapa –porque en Suiza subir y bajar es una constante vayas donde vayas– hacia el lago Leman (Ginebra, para que nos entendamos; ¡idiomas!), todo va sobre ruedas: buen tiempo, magníficas carreteras de curvas y mas curvas, tanto que los que van delante, siguiendo a "Romi", le aprietan las clavijas. Ya le han dicho quién va detrás: Pecino, Urdín, Augusto, Mejías... así que nuestro amigo se anima. ¿No quería alguien cambiarme la moto? Ahora no me conocen , claro, ¡qué listos! y en una curva de esas que hacen rugir las cuadernas, los bajos de mi Classic impactan tan fuerte con el asfalto que a duras penas logro salir de esa curva, aunque casi me como la siguiente y a Sergi, que va delante de mí.
Andando, andando hemos llegado a Verbier, otra estación invernal pero en esta época del año, centro del turismo de montaña y el senderismo. Nosotros, mucho de todo, pero andar, andar, lo justo, así que para subir allá arriba a la montaña, pero que muy arriba, no creáis, lo hacemos en coche, porque esa tarde ya ha empezado a llover. Cena a base de un queso que se calienta a la brasa y se sirve en pequeñas dosis. Simpático. Vacas y más vacas fuera del restaurante, pero no vemos ni a Pedro ni al abuelo; de Heidi, ni hablamos.

Por la inmensa "rodera" que ha creado el Ródano antes de llegar al lago Leman nos encaminamos de regreso a Zurich; es como si un gigante hubiese dado un inmenso hachazo de mil metros de corte en las montañas suizas; a la derecha uno se imagina las cumbres que limitan con Italia; a la izquierda, el macizo central suizo. Y digo bien que "uno se imagina", porque las nubes lo cubren todo, y debajo de las nubes ¿qué? Pues agua y más agua.

Sigo con mi Softail, pero cae tanto que es como que sí, pero que no. En esas andamos cuando abandonamos el valle del Ródano y empezamos a subir el "paso de Furka". ¿Paso? Sí, de gigante. No se acaba ni queriendo. Y el agua, sin dejar de caer. Arriba del todo, pero tan arriba que en pleno verano todavía se ven neveros helados al lado de la carretera, paramos a comer. Lo primero: poner botas y guantes a secar en la chimenea del restaurante. Allí nos encontramos con una pareja de sevillanos, él y ella, "con más valor que El Guerra". Han salido de Sevilla, para darse una vuelta por Europa, y lo han hecho con dos chupas, no de esas de "todo a cien", porque les habrán costado más, pero que dejan pasar hasta un estornudo. Se van los dos. Que Dios les acompañe; la lluvia seguro que también.

Al poco tiempo seguimos sus pasos, y todo apunta que el Diluvio Universal no gastó los "cuarenta días y cuarenta noches" que cuentan duró; se quedó uno en el bolsillo. Qué forma de caer, subiendo y bajando el Furka. Sin descanso, tanto que, aquel río que habíamos visto nacer allá arriba, abajo del valle se ha convertido en un impresionante torrente. Pero al final, como con el dentista, que cuando te sientas en el sillón ya no te duele la muela. A nosotros nos ocurrió lo mismo: nada más llegar al hotel, dejó de llover.

El lugar, Witznau, sencillamente encantador, junto al lago de los Cuatro Cantones, pero al otro lado de Lucerna, desde donde nos hicimos otra excusión en un tren de cremallera al Rigi Kulm. ¿Había dicho que de andar nada? Pues no es verdad, nos dejamos caer un par de kilómetros andando, para no decir que toda la "escapada de Suiza" la hicimos en moto.

De regreso a Zurich pues sí, alguien me cambió "mi" Softail por la Sportster. ¡Qué cambio!; me sentía igual que sobre una "cincuenta" tras haber abandonado mi compañera de tantos kilómetros, el confortable sillón de la Softail. También me hice unos kilómetros, los de autopista hasta Zurich, con la V-Rod. Otro mundo, sin duda, por eso digo que, si la idea Harley se os ha cruzado en el camino, decidle al vendedor que os deje probar, por ejemplo, una Softail, una Sportster o una V-Rod. Hay más familias, pero estas tres os darán una idea de lo que mejor os va. ¿Que habías pensado en una Electra? También, pídela también. Y mejor vete acompañado, porque su opinión cuenta. Dicen que las Harley, las grandes, las "compran las esposas". No le faltaba razón a quien me contó esto.

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