MI RONDINE

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Formulamoto
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Rescatada del pasado

Un automovilista de pro y excelente comunicador es el logroñes Julio de Santiago, director de -Coches Clásicos-, revista publicada por Grupo V, editorial presidida por Martín Gabilondo. Si el buen Julio de Santiago me pide un artículo sobre mis comienzos periodísticos y editoriales, ¿cómo podía negárselo si tanto él como su empresa me merecen especial afecto y respeto?

Lo malo de la veteranía es la proximidad a la vejez. Acaso porque la acumulación de años nos acerca al olvido de todo, nos empeñamos en recordar con frecuentes miradas al retrovisor de la vida, cuyos espejos de barraca de feria distorsionan la auténtica realidad ocurrida en el pasado remoto.

Hay quienes escriben excelentes y útiles memorias y otros las redactan cuando menos memoria tienen, con los peligros informativos de la exageración y el error. En mi caso, hasta ahora, ha vencido la cautela de resistirme a escribir una recopilación de mi pasado, nada importante para ser recogido como historia.

Sin embargo, de vez en cuando alguna excepción se me escapa por si pueden servir de ejemplo a las nuevas generaciones las experiencias vividas, particularmente en los difíciles momentos con desenlaces felices.

En el breve comentario cedido a -Coches Clásicos-, que reproduzco a continuación de estas líneas, explico mi modesta iniciación en el mundo informativo como periodista y editor, con cierta pinta de prólogo de unas memorias imposibles.

Es para mi honor y un lógico gesto de agradecimiento a -Coches Clásicos-, publicar también la ilustración, dedicada a un servidor y, sobre todo, a mi primera moto, la Rondine Sport compañera de mis reportajes iniciales en Madrid y mi único vestigio mecánico del pasado por reciente regalo familiar. Ni siquiera he pedido permiso de reproducción al colega.

Pero este formidable dibujo del arquitecto Juan Martín Baranda también se lo merecen mis lectores y la moto compañera de mis inaugurales kilómetros como profesional de nuestro periodismo especializado. Entre nosotros: ¡Cuánto se puede querer a una moto!

Carta «Coches Clásicos»El mundo editorial está formado por una constante sucesión de sorpresas en múltiples aspectos. Muchas de ellas se convierten en noticias, animadoras de las ventas en los kioscos, y otras, constituyen best sellers de primera magnitud en las librerías. Para mí, ha sido una personal, agradable y rara sorpresa la invitación de Julio de Santiago, director de esta revista, para escribir unas líneas como colofón a la edición de este mes, con motivo del quinto aniversario de «Coches Clásicos». En este caso, la sorpresa no tiene calidad de noticia importante, aunque significa buen detalle entre colegas la cordial solicitud y también mi aceptación.El tema sugerido ha sido muy concreto; «Dinos algo sobre tu iniciación en el motor». Mis recuerdos motoristas como profesional serán sexagenarios el próximo año, porque en 1951 comencé a publicar en el diario «Sevilla» mis primeras impresiones sobre el sector motociclista, como alentador de la resurrección del Moto-Club de Andalucía y la Organización de una carrera en el Parque María Luisa, un trabajo voluntario añadido a la misión encomendada por el director del periódico: una entrevista diaria, con caricatura de un personaje destacado. Por aquellas fechas, llamó mi atención cómo Daimler cumplía el sesenta brillante aniversario de su primera fábrica en Stuttgart. Las patentes de propulsores a gasolina de la Daimler Motoren Gesellshaft abastecieron a la industria francesa del automóvil, animaron a las fábricas inglesas y también a las de Estados Unidos para producir coches con motor de gasolina. La idea alemana prosperó por encima de las soluciones eléctricas y de vapor, muy defendidas por aquel entonces. Estos temas empezaron a llamar mi atención y de aquella curiosidad surgió mi planteamiento periodístico-editorial para informar sobre coches y motos.Una vez en Madrid, para estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo, con estipendio equivalente a tres euros mensuales para vivir -gracias a la beca de la revista Semana, de la familia Montiel-, mi profesor de maquetación, Luis Arranz, me introdujo en el diario Pueblo para cubrir la sección diaria Kilómetro Cero como tarea inicial. Poco después, me hice cargo de la edición de la revista Motociclismo y puse en marcha la agencia de colaboraciones Motor Press, para abastecer de información a la Prensa y la Radio del Movimiento. El pago, por la información era barato: las emisoras, una cuña de diez palabras a favor de Motociclismo y, los periódicos, un recuadro con el sumario del mes. La revista creció y su propietario, don Manuel Cantó, concesionario de motos, me la vendió con facilidades. Estos fueron mis primeros pasos y una de las bases para el nacimiento del periodismo profesional del Motor como trabajo exclusivo. Después, el esfuerzo, la colaboración de entendidos, excelentes periodistas y la buena suerte agigantaron e internacionalizaron mi editorial de revistas. Su modesto inicio, su crecimiento en España y su posterior extensión a Portugal, México, Argentina y Brasil, así como la realidad actual del Grupo LUIKE, demuestran cuánto pudieron dar de sí aquellas primeras quinientas pesetas mensuales, bien administradas, para vivir en Madrid. Estos fueron mis primeros pasos como editor en ciernes. Varias veces me han pedido la redacción de mis memorias, pero nunca las escribiré. Sin embargo, en honor de Martín Gabilondo y su ejemplar empresa, he aquí una especie de introducción a mis memorias nonatas y, por lo tanto, imposible best seller.luike_picture