Aquel 97 en Hungaroring...

Una de las cosas buenas de haber vivido tantas peripecias a lo largo de tantos años en el mundo de las carreras es, por ejemplo, que cuando no se me ocurre nada en concreto sobre lo que escribir en mi blog, siempre puedo tirar de historietas de abuelo cebolleta.

Comentar Publicado el viernes 01 de julio de 2011
Aquel 97 en Hungaroring...

Es bonito imaginar, soñar despierto sobre cómo nos imaginamos nuestro futuro, o con cosas que nos gustaría vivir. Por ejemplo, no sé por qué, yo me imagino a menudo paseando por una carretera de playa, en un atardecer precioso y conduciendo un coche deportivo clásico. Bien acompañado, por supuesto ¿Una tontería? Puede ser, pero es algo que no he hecho y me haría ilusión hacer en no mucho tiempo. Pero no menos bonito es recordar experiencias pasadas vividas; porque a fin de cuentas, la vida es eso, una creación de recuerdos; los que vamos haciendo cada día, solos, o con la gente que nos rodea. No me quiero poner demasiado profundo, que luego me caen palos -es que hay algunos machotes ibéricos en el mundo de las motos-, así que voy a pasar directamente a relatar uno de los fines de semana que mas recuerdo de carreras por todo lo que entonces pasó. Se trata de la segunda carrera del Euro-open de 250 cc del año 1997. Yo llevaba poco tiempo corriendo, y con un par, me metí en el campeonato con más nivel seguramente del mundo, por supuesto después del Mundial -igualito que el europeo de hoy en día, vamos....-. Lo echaban en directo por TVE, había muy buenos premios y los tres primeros iban directamente al mundial al año siguiente, aunque en principio, ese no era mi objetivo. La primera carrera fue en Albacete, e incomprensiblemente casi conseguí la pole. Me la quitaron a pocos minutos del final, y porque en un exceso de euforia, cuando iba en mi mejor vuelta, salí volando en la entrada a la recta de atrás. La carrera no fue muy bien, estuve delante hasta que me dio un bajón físico tremendo, pero aún así, creo que quedé 7º. No estaba nada mal, por lo que partía realmente animado a la siguiente cita en Hungría. Lo que es de la carrera y de los entrenamientos en Hungaroring, la verdad es que no me acuerdo casi de nada; solo de una volada que me metí saliendo de la chicane en mojado, y de cómo recorrí unos cuantos metros deslizando por el asfalto. Pero aquella era la época en la que no me rompía nada cuando me caía ¡Qué tiempos! He buscado una revista de entonces, y me ha servido para recordar que quedé el 14º. Tampoco estaba tan mal en un campeonato con tantísimo nivel, y en un circuito que no conocía de nada ¡Por aquellos tiempos no había Play Station para aprenderse los circuitos! Nada más llegar al aeropuerto, Carlos Morante, mi padre y yo, cogimos un taxi. Le pedimos como pudimos -el taxista no hablaba ni gota de inglés- que nos llevara a un hotel, el que fuera, pero cerca del circuito. Y así lo hizo. Después de todo lo que pasó y que ahora contaré, imagino que el taxista se llevaba una especie de comisión por llevar turistas ingenuos. El hotel, a la luz del día, no parecía nada extraño. Estaba en una zona verde con mucho campo, y era como una casa muy grande. No era el típico hotel edificio. Cuando subimos a las habitaciones, aquello era muy raro. Las habitaciones estaban pintadas de color rosa, y con corazoncitos pintados por las paredes. Pero yo por aquella época no le di mayor importancia. Pensé que el dueño igual era un poco amanerado y ya está. Cuando llegó la noche-y empezaron a aparecer por la cafetería del hotel rubias imponentes de 1,80 m por todos los lados, pues-creo que no hay que explicar mucho más. El domingo por la mañana, antes de salir hacia el circuito, reservamos una mesa para cenar en el restaurante del -hotel-. Íbamos a ser unos doce, porque habíamos quedado a cenar con el equipo de Luis Ballesteros que corría con Javier Marsellá como piloto puntero. Acabaron las carreras, y la anécdota fue cuando terminamos de recoger todo, el pique que nos echamos por la pista Húngara entre -El Lute- -que era como llamábamos el autobús de Luis y que acabó siendo mío- y mi Ford Transit. Yo iba en el gran -Lute- y era impresionante cómo chirriaban las ruedas y cómo echaba fuera de la pista -literalmente- a mi Transit conducida por mi mecánico. Eran otros tiempos-Al -Lute- le vi sobrepasar la barrera de los 160 km/h varias veces, eso sí, en autovía cuando se lanzaba- Llegamos a cenar al  restaurante del -hotel-. Resulta que los dueños habían vaciado toda la sala, y habían dejado una mesa sólo para nosotros en todo el centro. Y no sólo eso, habían montado en una esquina del comedor una pequeña orquesta que no dejaba de tocar el -Ehhhhhhh, Macarena, ayyyyyy-. Surrealista. No se puede decir que cenásemos mal, la lechuga y los peces que nos pusieron no estaban del todo malos, pero lo que se dice abundancia, pues no hubo; más bien escaso. Lo curioso del tema -me encanta esta palabra-, fue a la hora de pagar la cuenta. No estoy del todo seguro, pero creo que fueron unas 280.000 pesetas de la época. Y por más que los mayores del grupo intentaban llegar a un acuerdo, los dos o tres gorilas que aparecieron tras la cena de repente no cedían. Más o menos, nos hicieron entender que si queríamos salir de allí vivos, que había que pagar exactamente eso. Total, que entre todos no teníamos suficiente dinero, y unos cuantos tuvieron que ir al centro de Budapest a sacar dinero de cajeros. Lo siguiente que recuerdo es estar todos en la -sala de fiestas- del -hotel-, pared con pared al comedor, rodeado de rubias igual de altas que yo. Y yo con 17 añitos-y mi padre al lado. Me resulto tan curiosa esa noche, que uno  de los billetes de dólar que me devolvió la camarera cuando me pedí una Cocacola, aun hoy lo llevo conmigo cada día en la cartera. Está un poco desgastado el pobre, pero yo creo que me trae suerte. ¡Aunque por si acaso no es así, también suelo llevar encima un trébol de cuatro hojas!

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