En Vespino al Cabo Norte 

¿Quién dijo miedo?

01.05.2010 | 14:45

Unir Europa de sur a norte, desde Tarifa hasta el Cabo Norte de Noruega, es un viaje frecuente de los amantes de los viajes en moto. más de 14.000 kilómetros a través de 16 países diferentes, aunque Con las motos y scooters que disponemos en la actualidad hace tiempo que esto ha dejado de ser una aventura. no es el caso de Valentín Salvador, él lo ha hecho en su "Bella Durmiente", un Vespino GL del '75. Ida y vuelta.

Viajar desde Tarifa a los confines septentrionales de la vieja Europa, a Cabo Norte, es un itinerario de ensueño en el que cualquier turista podría satisfacer sus más recónditos instintos viajeros.

Para ello, consulté mapas, libros de viajes, revistas y artículos en Internet.

Pregunté en embajadas y oficinas consulares y escuché a cualquiera que me pudiese dar algún dato de lo que iba a encontrar en mi camino.

Dos años recabando una información que tomó su forma definitiva cuando el momento de la salida estaba a punto de llegar.

También contaba con mi propia experiencia, puesto que en el verano de 2007 recorrí 3.000 kilómetros en una aventura de ida y vuelta a París en la misma moto.

Al verano siguiente, con la colaboración de varios amigos relevistas de todas las provincias, pasando mi Vespino de mano en mano, conseguimos visitar todas las capitales peninsulares de España sin descanso. Eso supuso recorrer 7.000 kilómetros en menos de 11 días.

El anuncio de la salida de Valentín rumbo al Cabo Norte con su Vespino congregó a varios medios de comunicación. Fue el 27 de junio, en Tarifa y por delante tenía 14.000 kilómetros hasta su frío y lejano destino.

El día 27 de junio salí de Tarifa, concretamente desde la Isla de las Palomas, por delante, un viaje de 14.000 kilómetros en Vespino, con 30 etapas atravesando 16 países diferentes.

Francesc Garí "Kiqu" y su hija Aina, venidos desde Arenys de Mar, me habían llevado hasta la isla en su furgoneta porque allí se encuentra el otro confín de Europa, el meridional, motivo suficiente para dar comienzo a "el viaje de mi vida".

No existe continente más al sur. Ni en Grecia ni en Italia se pueden encontrar latitudes europeas más próximas al ecuador, si exceptuamos territorios insulares como las Canarias que no forman parte física del continente.

Aina me acompañaría con su Vespino NL durante muchos kilómetros en algunos de los tramos de las tres primeras etapas marcadas hasta San Sebastián. Ella me ayudó a dar los primeros pasos de un viaje que tenía por delante el consumo de todas mis vacaciones de ese año.

Por su parte, Francesc, como buen escudero y artífice de la puesta a punto de la Bella Durmiente, así es como llamamos a mi Vespino, iba y venía detrás o delante de nosotros, siempre pendiente de cualquier incidencia.

En las tres primeras etapas, las horas y los kilómetros transcurrían como estaban escritas en el rutómetro, tal como las soñé tantas veces, interrumpidas de cuando en cuando por la sinrazón de unas carreteras desdobladas en modernas vías en las que olvidaron añadir unas áreas de servicio en condiciones o, seguramente, nunca las consideraron necesarias.

Llegados a San Sebastián, en el mismo camping del Monte Igueldo, me despedí de Francesc y Aina que pasaron el testigo a Luis y Félix y su Hillman Minx convertible de 1956. Éstos llegaron desde Madrid esa noche.

En el coche, hicieron un hueco para el repuesto de la moto. Aunque para ellos significaba un lastre que llevarían durante miles de kilómetros, yo viajaba mucho más tranquilo.

Punto de partida del viaje en la Isla de las Palomas (Tarifa), el lugar más al sur del continente europeo. Valentín con Luis y Félix en el Atomium de Bruselas (Bélgica).

No creo que haga falta decir en qué parte de Francia se encuentra la Bella Durmiente.

En pocas etapas, alcanzamos las tierras nórdicas del sur de Dinamarca. Las largas cabalgadas por las planicies en Francia, Bélgica, Holanda e incluso Alemania, donde casi siempre nos acompañó el sol y el calor, parecieron breves.

Ciudades como Burdeos, París, Bruselas, Ámsterdam y muchas otras nos vieron pasar. A 45 km/h disfruté de la oportunidad de contemplar cómo los paisajes cambiaban sus tonalidades, los campos de cultivo sucedían a húmedos bosques y éstos a nuevos campos de cultivo.

Por segunda vez, dos años después, entré en la "Ciudad de la Luz" con mi Vespino. La cita de esa tarde con los compañeros del Hillman era a los pies del emblema nacional, la torre Eiffel. El lugar exacto de reunión era el Campo de Marte, en la parte del río donde se encuentra la torre.

A última hora de la tarde nos volvíamos a encontrar a 70 kilómetros de allí, en Rosny-sur-Seine, donde pasamos la noche y el día siguiente disfrutando de un merecido descanso.

Aprovechando esas horas en Rosny, le hice una pequeña revisión de mantenimiento a la Vespino. Todo parecía en orden, sin ningún problema ni nada que pudiera dar a entender que fuese a fallar.

«Por segunda vez, dos años después, entré en la "Ciudad de la Luz" con mi Vespino»

Al segundo día, después del descansar, nos sumergimos en una larga etapa. Con algo de fresco, sol y por momentos una fina lluvia, rodamos carreteras entre campos que cerca de 100 años atrás fueron escenarios de cruentas batallas, era la zona de Cambrai y Saint Quentin.

Luego atravesamos Bélgica parando únicamente en su capital Bruselas para hacernos unas fotos con el Atomium de fondo. Sin tiempo siquiera para tomar una cerveza, pasamos al país vecino. Allí me esperaba el primer aguacero de verdad.

Casi anocheciendo, el cielo se cerró dejando paso a continuas cortinas de agua que me acompañaron en el último trayecto, en las proximidades de Wernhout. Lugar donde aguardaban Luis y Félix mientras hacían amistades con los lugareños brindando con rubias espumosas.

Dos días después, en la octava etapa, subí por cuarta vez a un barco, en esa ocasión un ferry desde la ciudad de Puttgarden en Alemania a Rødbyhavn en Dinamarca. Aunque no me consideraba un turista, quería llegar pronto a Copenhague para fotografiar la famosa "sirenita", como hice con la torre Eiffel y el Atomium.

Estas eran las únicas licencias que como turista me podía permitir, el resto era una interminable marcha de un país a otro serpenteando por carreteras secundarias. No tuve suerte porque la pequeña figura de una joven mujer con cola de pez no se encontraba en el sitio de costumbre.

La contrariedad me hizo deambular por la ciudad hasta toparme con la autovía que daba acceso al puente-túnel de Öresund, el más largo de Europa que, con sus 27 kilómetros de longitud, une Dinamarca con Suecia en la ciudad de Malmö.

Al llegar a la orilla sueca no hubo problemas, la lluvia y el funcionario del peaje me recibieron con la misma frialdad. Esa misma noche Luis y Félix decidieron permanecer en tierras danesas. Como yo no tenía reserva, me quedé sin plaza. Ese día fue el primero en que sufrí el asedio de bandadas de mosquitos, ocurrió en un camping camino de Goteborg.

«Se empezaron a cumplir algunas de las inoportunas Leyes de Murphy. La Vespino y yo sufrimos la primera de una sucesión de duras pruebas de resistencia»

Por la mañana nos habíamos despedido Luis y yo, mientras Félix remoloneaba en el interior de su tienda de campaña. Lo habíamos hecho en los aparcamientos de un camping próximo a Bremen, en Alemania, donde tuvimos que plantar las tiendas por llegar fuera de horario la noche anterior, eso que nos ahorramos.

Lo que no sabíamos en el momento de despedirnos era que nuestro próximo encuentro sería cinco días después en la ciudad de Trondheim en Noruega, a más de 1.500 kilómetros de distancia. Comenzarían a cumplirse las inoportunas Leyes de Murphy.

Frío, lluvia y algunos problemas

Pero volvamos a esa décima etapa: cumplidas las dos terceras partes de la distancia que faltaba para llegar al objetivo, había recorrido algo más de 4.500 kilómetros desde la lejana Isla de las Palomas.

Hacía un par de días que no plantaba la tienda de campaña con mis compañeros de viaje, pero lo peor era que la ropa que guardaba para las jornadas de frío y agua viajaba en el maletero del Hillman, al igual que las botellas de aceite para mezclar con la gasolina.

Por tanto se cumpliría una de las primeras leyes inoportunas, algo en lo que no pensé en mis reválidas de los últimos dos años. Por eso, cuando el navegador me dirigió hacia los impresionantes parajes de la "carretera número 7" no podía imaginar que la Vespino y yo fuésemos a sufrir en pocas horas la primera de una sucesión de duras pruebas de resistencia. Lo peor es que ésta que iba a ser la primera, llegó sin avisar.

El calor y las planicies de días anteriores habían terminado, ahora las pendientes del 8, 10 y hasta el 12 por ciento se sucedían en tramos que parecían interminables. Estaba inmerso en plena aventura y ya no era posible subir más cremalleras ni ponerme más ropa de abrigo, me iba a "pelar" de frío.

Por si esto fuera poco, la lluvia que al principio parecía que simplemente iba a refrescar el ambiente se convirtió en una impresionante tormenta de agua y viento que nos zarandeaba a la Bella Durmiente y a mí de una manera tan violenta que en varias ocasiones a punto estuvo de sacarnos de la carretera. Subíamos pendientes y seguíamos subiendo.

A la derecha, transcurrían ríos que iban a desembocar a lagos y en los que a su vez nacían en otros lagos. Al final apareció ante mis ojos el origen de todos ellos, un gigantesco glaciar se desparramaba en la montaña entre nubes oscuras que lo escondían del sol.

Agua al fondo, a derecha, a izquierda, arriba y abajo. También en el interior de mi ropa que no aguantó tanto insulto, la segunda ley inoportuna permitió que por las costuras de mangas y camales con las que se había prendido el anagrama de la indumentaria, se colase el agua.

La tormenta me había pillado en las proximidades de la estación de esquí de Haugastøl, entre Geilo y Maurset. Allí arriba, con aquella climatología, no existía lugar donde poder cobijarse, tampoco un pequeño arcén donde poner pie en tierra.

"Moisés", que era como llamábamos al motor de la Vespino, hizo honor a su nombre y fue capaz de tirar de la Bella Durmiente y de mí para sacarnos de aquel lugar donde únicamente los renos pueden encontrarse a gusto. A pesar de todo, estaba maravillado con el paisaje.

En Tallín (Estonia) en una boda. Valentín revisa su Vespino en Korgen. Abajo, el filtro del aire del motor de la Bella Durmiente estaba atascado por la acumulación de mosquitos. Para la cantidad de kilómetros que hizo, el motor del Vespino aguantó sin dar demasiados problemas mecánicos, es buen momento para recordar que es un modelo de 1975.

Una de las postales más tradicionales de Holanda, sus molinos de viento.

Valentín y la Bella Durmiente en el Puente de Carlos, el más antiguo de Praga (República Checa), sobre el río Moldava.

Una de las durísimas pendientes por las que pasaron en el Tirol austriaco.

Al final llegué a Bergen. Sin duda, ahora que ya tengo datos, esta fue la etapa más dura de todo el viaje, por delante de la sufrida en los puertos de la sierra madrileña, por el desgaste físico personal.

Soporté el agua porque no había más remedio. Soporté el frío y el viento porque había que seguir y llegué porque no existía opción. Las casi 24 horas de descanso en casa de Amaya, mi sobrina, fueron un revulsivo.

Salí tarde de Bergen, cerca de las cuatro, pero todavía pude recorrer 200 kilómetros antes de llegar a la hora prudencial en la que todo se cierra. Por eso, llegado el momento pensé que el primer cartel en el que viese hytter en alquiler (cabañas de madera muy comunes el todo el país), me quedaría a pasar la noche.

Vespino justo en la línea del círculo polar ártico en Rovaniemi (Finlandia), cerca de la conocida como Casa de Santa Claus. En el centro, Valentín ya en Noruega pasando frío.

Así fue, no pasó ni un kilómetro cuando ví el primer cartel a escasos metros de un camping que se extendía en una empinada ladera junto a un precioso fiordo con montañas nevadas que lo cercaban en la otra ribera. Me quedé en la hytter más próxima a la salida para no molestar por la mañana al poner la moto en marcha.

A la mañana siguiente, muy temprano, me puse en marcha, sólo quedaban 4 etapas para pirado. Se trataba de un matrimonio noruego que iba exactamente a donde me dirigía.

En Trondheim, no me resultó difícil encontrar el camping donde me esperaban mis amigos.

Cinco días sin vernos- ¡menuda alegría el reencuentro, había mucho que contar! La mañana nos despertó con una fina lluvia. Como cada día comencé con mi rosario de actividades para disponerlo todo en la moto y partir cuanto antes, pero aquel día era un poco más difícil porque el agua que caía no facilitaba las cosas.

Me puse en marcha precisamente cuando más agua caía. La Bella Durmiente con un Moisés sumido entre toses, me sacó de aquel camping por una suave pendiente. Poco después, apenas a cinco kilómetros, el funcionamiento del motor fue empeorando, llegando en algunos momentos a pararse en marcha.

Un alto en el camino con cascada al fondo llegando a Trondheim (Noruega).

Suerte que cuando a punto estaba de poner los pies en tierra volvía a arrancar y llegaba aalcanzar cierta velocidad sobre el río en el que se había convertido el camino. Momentos después volvía a repetirse el ciclo y nuevamente se volvía a recuperar.

Evidentemente no había manera de cubrir los casi 500 kilómetros previstos para ese día y menos bajo aquel aguacero. Por si el panorama no era bastante complicado, debía buscar cuanto antes una gasolinera para que no me ocurriese lo de la tarde anterior.

Unos renos cruzan a sus anchas la carretera, una estampa frecuente en Noruega.

Visto que el navegador me llevaba hacia territorios poco habitados, tomé la determinación de virar 180º para buscar nuevamente la capital. Era urgente solventar el problema de la gasolina. Apenas aparecieron los primeros grupos de viviendas encontré una gasolinera.

Llené los dos depósitos hasta el mismo borde. Ahora había que resolver el segundo problema. Comprobé que la gasolina llegaba bien al carburador y la chispa era correcta, pero la moto ni quería arrancar.

Al final me di cuenta del problema, Murphy andaba por allí: no había atornillado bien el chiclé y con las vibraciones se había aflojado y reposaba en el fondo de la cuba del carburador. Unos minutos más tarde, sin que Moisés fuese realmente bien, estaba nuevamente en la carretera.

De nuevo en el círculo polar, esta vez en Noruega. Ya queda menos para llegar a Cabo Norte.

a línea del círculo polar ártico tampoco se hizo esperar, suponía pasar a un mundo estremecedor sentado sobre una sencilla GL. Moisés no iba bien, tenía que mantener el gas a fondo o apenas acelerar, no podía aguantar un término medio.

También noté una merma en la potencia que hacía mucho más penosas las continuas subidas. Me preocupaba el bajo rendimiento del motor. Luis y Félix ya estaban instalados cuando llegué al que posiblemente fue el camping más bonito de todo el viaje.

Cambié la correa de transmisión, la bujía y las fundas de los rodillos del variador. Desmonté el carburador para hacerle una nueva limpieza, incluso probé otros chiclés que llevaba de repuesto. Nada, no mejoraba.

Al final recibí el mensaje de Kiqu: "revisa agujero emulsor debajo del difusor (sopla)-". Eso fueron palabras mágicas. Volví a desmontar el carburador para poder soplar cómodamente por el orificio del chiclé mientras tapaba otras salidas del aire.

«La línea del círculo polar ártico se hizo esperar, suponía pasar a un mundo estremecedor sentado sobre una GL»

Un tapón de mosquitos testarudos salió disparado por el pequeño agujero como si de cava se tratara. Moisés volvía a inflar los pulmones como el primer día-¡qué alivio!

El lunes 13 de julio, fue el preámbulo de la marcha para el día más importante del viaje, el de la llegada, el del triunfo, el de la esperanza de disfrutar de uno de los más bonitos espectáculos que la naturaleza nos puede ofrecer, el de la visión de un sol que no se esconde en el horizonte sobre el mar y que apenas rozándolo en su descenso se vuelve a elevar lentamente para dar lugar al nacimiento de un nuevo día.

Valentín posa orgulloso con su Bella Durmiente junto a la esfera armilar, uno de los monumentos más reconocibles de Cabo Norte.

Llegando a Cabo Norte

Eran apenas 250 kilómetros los que nos separaban de NordKapp. Había diseñado las etapas para que este día fuese como cuando Alberto Contador llega a los Campos Elíseos, un día para disfrutar saboreando la victoria. Un día sin prisas porque las grandes dificultades ya han quedado atrás, ahora solo resta empaparse de imágenes que recordar siempre.

La última encrucijada la encontré en Russenes, justo a 125 kilómetros de Cabo Norte. Todavía había que salvar algunas dificultades, sobre todo para la Vespino, puesto que el túnel de cerca de 8 kilómetros que lleva a la isla, desciende 300 metros bajo el mar en dos planos de un 10% de pendiente en los que la temperatura cae hasta los 7º centígrados.

En la bajada no hubo problema, pero los cuatro kilómetros de subida a menos de 15 km/h se hicieron eternos. A la salida nos esperaba el peaje, igual que a la vuelta, pero eso ya no importaba.

Al otro lado del edificio de la esfera blanca estaba nuestro sueño, el límite del continente nos esperaba con todo su esplendor, con un mar infinito que se abría a los pies del acantilado y se unía al horizonte justo donde la vista se perdía, en el azul del Océano Ártico.

Era la tercera Vespino que intentaba y conseguía llegar a ese lugar desde España, primero fue Ernesto Palmieri en 1981 y en 1988 lo consiguió Miquel Àngel Sánchez. En aquel momento me acordé de ellos, a la sombra mismo de la gran esfera metálica que representaba el globo terráqueo y que algunos, por su aparente semejanza, llaman "esfera armilar".

La fortuna se había aliado con nosotros y esa noche a las 12 en punto disfrutaríamos del espectáculo. Sobre ese momento no hay palabras, solamente el convencimiento de que algo así no es posible contemplarlo en otra parte del mundo. Aquello no es un santuario, es la "meca" de los moteros europeos por encima de todos los pesares. Poder contemplar el "Sol de Medianoche" es solo cuestión de suerte.

Al día siguiente pensamos quedarnos en el camping de Skardsvåg, pero no fue posible, la suerte del buen tiempo que nos tocó terminó en unas horas cuando la niebla, el frío y el viento volvió a adueñarse de todo.

Nuestro trabajo allí había terminado, decidimos ponernos en marcha de regreso a casa porque todavía nos esperaban otras quince jornadas no menos interesantes.

El objetivo estaba cumplido y pensábamos que podría resultar tedioso volver en una marcha de tantos días sin una meta que pretender más allá de la que suponía encontrarnos nuevamente en casa con la familia y los amigos. Éramos conscientes del esfuerzo que había supuesto llegar hasta allí, ahora quedaba otro tanto para el regreso.

La grata sorpresa fue que, al contrario de lo esperado, el regreso fue de lo más entretenido, interesante y divertido. No era para menos: Finladia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Alemania, Austria, Suiza, Francia y, finalmente, España desde la Junquera. Visitando territorios como Laponia y pasando por ciudades tan interesantes como Napapiiri en Rovaniemi, Helsinki, Tallín, Riga, Kaunas, Varsovia, Praga, Münich, Alpbach en el Tirol austriaco, Lausana, Ginebra y Lyon no pueden ser aburridos. Sin duda "el viaje de mi vida" en el más modesto de los vehículos.

El primero de agosto llegaba a mi casa en Vall de Almonacid tras recorrer 14.000 kilómetros y haber unido los extremos de Europa en 15 días de marcha con mi Vespino GL de 1975, la Bella Durmiente.

 
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