Ruta de Inivuk a Ushaia, el fin del mundo 

De polo a polo con Alicia Sornosa

23.04.2013 | 13:36
De polo a polo con Alicia Sornosa

Unir los dos polos es uno de los sueños de los grandes viajeros. Tras conseguir dar la vuelta al Mundo en la misma moto, me propongo un nuevo reto: unir Inuvik, la ciudad de los esquimales en el norte de Canadá pasado el Círculo Polar, con el Polo Sur, la Tierra de Fuego, Ushuaia, el Fin del Mundo. Un viaje de varios meses que completará mi Vuelta al Mundo.

Pasarla fue más fácil que la de Canadá y el mismo día estaba en Monterrey. De allí a Guadalajara y, cómo no, a DF. La fiesta de los muertos en el mejor lugar, Oaxaca, una ciudad colonial llena de color y esqueletos. Los cementerios llenos de vida, con flores, barbacoas y música, todo un espectáculo para los sombríos ojos de un europeo y su concepto de la muerte.

Méjico nos despedía con un terremoto de 7,5 en la escala de Ritcher y con el epicentro (en el mar) a 35 km de mi moto. Tapachula es el pueblo fronterizo con Guatemala y allí me encontraba yo, rodando hacia un semáforo cuando noto un mareo ¡pero si yo nunca me mareo! Luego noto como si estuvieses sobre un puente que vibra con el tráfico y más tarde, con la moto ya parada, las sacudidas del suelo. Los edificios se movían como si fuesen de papel y mi preocupación era que no se me cayera la moto al suelo con tanto bandazo. No pude ni poner la pata ni sacar la cámara, estaba tan alucinada que hasta que reaccioné pasaron minutos, o eso creo. Tras la sacudida, la calma, la tierra dejó de quejarse y de moverse.
Pasar en dos días 5 fronteras es complicado, sobre todo si no tienes paciencia. Guatemala, 4 horas; Honduras, 5 horas; Nicaragua-El Salvador. Entre carreteras rotas y de tierra, otras con agujeros como osos, otras con piedras y arrugas, y hasta elefantes. Bueno, eran autobuses antiguos americanos, pintados de colores que barritaban en los tramos de estas carreteruchas primitivas. Llegamos a Costa Rica, donde dos ticos o costarricenses nos esperaron en la aduana para acompañarnos a comer. A partir de aquí la lluvia sería inseparable. En un día nos plantamos en Panamá, desde donde volé a Puerto Rico y luego a Bogotá.

180 grados Sur

Para llegar hasta Ushuaia elijo comenzar por una mítica carretera, La Ruta 40, que en esta zona, su parte norte, está casi asfaltada. Sin embargo, tomándola casi desde el Paso de Jama hasta el Paso de Agua Negra, aún quedan muchísimos tramos de ripio, esa palabra con la que ya conviviré siempre y a la que he añadido barro y piedras.
Los primeros kilómetros desde San Pedro de Atacama hasta el Paso de Jama son bonitos y con mucha pendiente. En menos de una hora estaba de 400 m a los casi 3.000 m del paso. El resultado: nieve en el asfalto y una temperatura de casi dos grados. Las manos calentitas gracias a los puños calefactados de mi «Descubierta» y un pie izquierdo adormilado por el frío, aunque aún resentido por el accidente en la arena.



Nada más pasar la frontera Chile-Argentina llegas a unos salares preciosos, donde es obligatorio parar y donde empiezas de nuevo a entrar en calor. Desde aquí a Salta para empezar a poner el rumbo 180 grados Sur en mi GPS. Argentina te recibe con unas montañas de arcilla que me recuerdan al Cañón del Colorado norteamericano, pueblecitos pintorescos y su buena carne a la parrilla. Ver las primeras llamas de la pampa resulta todo un lujo. Pero nada es perfecto y a los acalorados días en el desierto de Atacama le siguió el diluvio universal. Comenzó a llover y, a las pocas horas, los ríos que cruzan la Ruta 40 estaban desbordados. Divertido el vadeo de uno y otro, hasta que se hace de noche y no sabe una dónde pone sus ruedas. Entonces nos toca (en estos momentos viajamos juntos 4 motos, dos Yamahas de los españoles «Van2enmoto» y mi inseparable amigo Andrés y su KTM) buscar algún lugar donde dormir, algún pueblo perdido en una montaña de curvas y desprendimientos que hacen la conducción más peligrosa que divertida, al menos para mí.
Al día siguiente continúa la lluvia y el grupo se divide, diciendo adiós a los españoles y deseando buena ruta para ellos hacia el sur. Por la Ruta 40 y tras pasar por lugares de nombre como La Rioja, de nuevo llega cruzar otro de los pasos hacia Chile, esta vez más de 200 km off road por los Andes, con nieve, polvo y caminos estrechos con precipicios a los lados. Alcancé los más de 4.000 metros de altitud sin ningún problema en el motor de inyección de mi BMW, pasamos por Santiago de Chile y bajamos al sur, hasta Chiloé y Castro, donde tenemos el gusto de dormir en un lugar mágico, un barco varado en tierra: Espejo de Luna (www.espejodeluna.cl). Tras la revisión en Osorno, «MotoAventura Chile» (www.motoaventura.cl), desde donde realizan espectaculares rutas en BMW, de nuevo a rutear.

La carretera Austral

Con este bonito y evocador nombre, esta carretera no podía ser otra cosa que increíble. Paisaje entre montañas y cumbres nevadas, neveros y cascadas por doquier, ríos trucheros, pueblos pintorescos y dos días de off orad, mis TKC 80 de Continental van de perlas para estos menesteres y disfruto como nadie de la conducción sobre la dura roca y el ripio. Una pena que estén asfaltando ya todo este camino, exceptuando su parte final, que transcurre por un parque nacional de gran belleza, con las típicas hojas gigantes, vestigios de una selva prehistórica. Tras una subida con fuerte pendiente y curvas reviradas, el premio es el pueblo de Puyhuapi, que te da la bienvenida con unas vistas de postal, con el lago al fondo.
No me lo esperaba, podríamos haber tomado otro camino, otra ruta asfaltada rápida y segura, pero para al Fin del Mundo hay que viajar desde el Pedrito Moreno (impresionante el glaciar argentino) por la Ruta 40 hasta el pueblo de Tres Lagos. Además, en dos años ya estará asfaltada y esta meca de los enduristas desaparecerá. La cosa empieza con mucho ripio que hace que me duelan las muñecas y que cuando paro a descansar, me entren ganas de llorar. Andrés se ríe, pero en el fondo está teniendo mucha paciencia, voy muy despacio. Intento ir cada vez un poco más rápido. Empieza a llover y el suelo se transforma, la arena roja es arcilla y cuesta mucho avanzar. Reduzco de tercera a primera, me imagino conduciendo un tractor. Los pickup que vienen de frente van de barro hasta el techo, eso me mosquea, no me gusta lo que nos vamos a encontrar.



Poco a poco, kilómetro a kilómetro el barro va en aumento, llegando un momento en el que la moto no avanza. Paramos y nos damos cuenta que los guardabarros están rellenos de barro con ripio. Las piedras hacen que se atasque y la rueda delantera no funcione. Tras una hora de limpieza en el embarrado borde de la pista, continuamos, pero a 50 km de llegar a Tres Lagos nos detenemos, el barro con greda (una arcilla dura debajo) y la cerámica (arena blanquecina súper resbaladiza), junto con una larga cuesta abajo, me hacen rendirme. Acampamos, no quiero que nos toque conducir por este terreno de noche. Pasamos la noche rezando para que las gotitas que caen en la tienda se detengan.



A eso de las 10 parece que la lluvia se detiene y decidimos salir al camino. Casualmente pasa una pickup que se detiene a ayudar y preguntar. Decido que mi moto ya ha hecho suficiente y la subimos en la caja. Andrés tarda más de dos horas en recorrer los peores 50 km de su vida. Cada poco bajamos del coche para «desempanar» las ruedas. Me alegro de haber tomado esa decisión, con mi poca experiencia en barro el camino hubiese sido de cinco horas, no de dos. El resultado de estos dos días de infierno en el barro es el embrague de mi F650 GS gastado por lo que al llegar a Punta Arenas me tengo que buscar la vida. Y, de nuevo , la suerte me acompaña, gracias a Aníbal y su empresa de rutas en la Patagonia www.patagoniabackroads, las cuales hace en BMW y dispone de un embrague para mi moto. Lo montamos y seguimos al Fin del Mundo. Ya sólo me queda un paso para unir el Polo Norte (Inuvik) con el Polo Sur, que será tras pasar por Ushuaia.

El fin del Mundo

El camino por Tierra de Fuego nunca es fácil. El viento sopla sin remilgos zarandeando la moto a su antojo, los huanacos se cruzan sin mirar a los lados (son casi como llamas) y los zorrillos pasean al atardecer. Tierra de Fuego es llana y la recorro con el Estrecho de Magallanes siempre presente. Los caminos, no hay carreteras, son de ripio, unas veces mejor y otras muy malo. La rueda se hunde y mi velocidad baja hasta los 40 km/h. Para llegar hasta Ushuaia hay dos caminos, uno rápido desde Punta Arenas en ferry hasta Porvenir (el que se usa normalmente) y otro más largo y complicado, que es recorrer el borde del Estrecho de Magallanes, hasta tomar otro ferry que te deja en Punta Esporas. Son más de tres horas de ripio, agotador, pero increíble.



Llegar a Porvenir y encontrarme con los chicos de la expedición Magallanes, que celebra este año su aniversario, fue todo uno, invitándome a asistir a la firma con la alcaldesa de Porvenir del documento que lo conmemora. Pero lo mejor de este pueblo de pescadores es la tienda de artesanía y museo que dirige el artesano Gastón Pérez, todo un personaje entrañable y sabio, guardián de las costumbres indígenas que, además, certificó mi paso por su tierra.

Y de nuevo camino hacia el sur, el Polo Sur, así veré cumplido uno de mis sueños, un reto: unir Inuvik, en el Polo Norte Canadiense con el Polo Sur, en Ushuaia. De nuevo ripio bajo mis Continental y mucha paciencia por parte de mi acompañante, mi amigo Andrés y su KTM. Llegué de noche a la falda de las montañas que muestran un poco de los paisajes boscosos que esconde este Polo. Nada que ver con el homólogo del norte, que está pelado. El Polo Sur es todo exuberancia. Subir y bajar una montaña que adivino (y a la vuelta compruebo) estará llena de árboles y ríos, es toda una delicia tras el día de ripio que nos hemos pegado. Huele a pino, a tierra...



Dormimos en el Hostal La Posta, nuestro amigo Héctor nos invita a este su negocio (totalmente recomendable si vas con bajo presupuesto y quieres dormir y desayunar bien -además puedes guardar la moto en el jardín o poner la tienda-). Más tarde se reúne un grupo de amigos en una pizzería, somos invitados a cenar y hablamos durante horas de viajes y motos. Ushuaia por la mañana es increíble, su bahía rodeada de tres glaciares, a 4.000 km de la Antártida, las casitas de colores que trepan por las laderas de la montaña. En su gran Parque Nacional, cómo no, nos dirigimos a su puerto, al que vamos volando para hacer la mítica foto que demuestra que uno ha llegado hasta el Fin del Mundo. Ha sido un camino nada fácil, un camino que me ha obsequiado de todo, barro, lluvia, viento, ripio... Me siento satisfecha y las lágrimas se me escapan de los ojos. Estoy aquí, en el lugar donde antiguamente se creía acababa la tierra. Así, decido que ya es hora de volver, tengo que recorrer la Ruta 3 y luchar con su viento, llegar a Buenos Aires y visitar Cabo Polonio en Uruguay. Poco tiempo y muchos kilómetros por delante.
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